lunes, 13 de septiembre de 2010

La felicidad del correo

Durante cierto tiempo, la distancia geográfica y lingüística que separaba a Erasmo de Rotterdam, Juan Valdés y Tomás Moro fue salvada por su conocimiento del latín y, por supuesto, la posibilidad de que llegaran las cartas con largas disquisiciones teológicas.

Hoy el correo ha visto relegado gran parte de su servicio a la inmediatez del e-mail o de las diversas tecnologías. No es una mirada nostálgica, sino una superación en términos técnicos. Pero existe una magia y una mística en la buena nueva del correo que es de otro orden. Las cartas, los paquetes con fotos, discos, sobres de té, postales, la curiosidad por observar lo que hay dentro, la espera, todo eso es una forma de la felicidad.

La sensación de que uno viaja con su correo por el océano, atravesando miles y miles de kilómetros es total. La satisfacción de compartir con alguien que está en lugares remotos es plena.

La felicidad del correo es una afirmación de que en este tiempo de soledad existe la posibilidad de no estar solo. En esta época de penurias, existe un instante de dicha.

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