En nuestra época alejandrina, lo fugaz se manifiesta de manera evidente. Los esfuerzos por retener lo que irremediablemente se va (¡Ay, Crátilo!) se transforman en intentos desesperados de una perpetuidad. No es en vano este intento ni es una muestra de debilidad, sólo es el íntimo deseo de quien se sabe limitado y va en busca de lo absoluto. Hay varios caminos para quien se reconoce: el sarcasmo y la ironía; el nihilismo (Nietzsche y Wittgenstein) y la remota esperanza.
Quien anhela la felicidad,
Hoy más que nunca, existe la necesidad de ser actual.
Y eso ya es demasiado.