Durante cierto tiempo, la distancia geográfica y lingüística que separaba a Erasmo de Rotterdam, Juan Valdés y Tomás Moro fue salvada por su conocimiento del latín y, por supuesto, la posibilidad de que llegaran las cartas con largas disquisiciones teológicas.
La sensación de que uno viaja con su correo por el océano, atravesando miles y miles de kilómetros es total. La satisfacción de compartir con alguien que está en lugares remotos es plena.
La felicidad del correo es una afirmación de que en este tiempo de soledad existe la posibilidad de no estar solo. En esta época de penurias, existe un instante de dicha.